En el complejo ecosistema de las finanzas globales, pocos activos han demostrado la resiliencia y la capacidad de sorpresa del oro en el último bienio. Lo que comenzó como una cobertura tradicional contra la incertidumbre se ha transformado en un rally alcista que desafía los manuales de economía más ortodoxos.
En este contexto, JP Morgan ha sacudido los mercados al elevar su previsión a largo plazo para el metal precioso hasta los 4.500 dólares la onza, consolidando una visión estructuralmente optimista para el activo refugio por excelencia.
La trayectoria reciente del oro es, simplemente, excepcional. Tras cerrar un 2025 histórico, donde la cotización se disparó más de un 64%, el impulso no parece haber agotado su combustible. En lo que va de 2026, el oro al contado ya acumula una subida cercana al 20%, alcanzando recientemente un máximo de tres semanas situado en los 5.248,89 dólares la onza.
Estas cifras no solo representan un éxito para los inversores, sino que reflejan una desconfianza sistémica en los activos fiduciarios tradicionales. La combinación de tensiones geopolíticas persistentes y la reconfiguración de las reservas de los bancos centrales ha creado el «escenario perfecto» para el metal dorado.
A pesar de la magnitud de las subidas actuales, el gigante bancario JP Morgan mantiene una postura ambiciosa para el futuro cercano. La entidad ha ratificado su previsión para finales de 2026 en los 6.300 dólares la onza. Esta cifra sugiere que, lejos de estar cerca de un techo, el mercado podría estar apenas en una fase de consolidación antes de un nuevo salto cuantitativo.
Si las previsiones se cumplen, el oro no solo protegerá el capital, sino que se consolidará como el motor de rentabilidad de la década. Los inversores ahora miran con atención la barrera de los 5.500 dólares; romperla podría ser la señal definitiva de que el camino hacia los 6.300 dólares está despejado.
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