El presidente Donald Trump ha delineado una visión de expansión territorial que desafía las fronteras establecidas desde el siglo XIX. Durante una reciente intervención, el mandatario aclaró que, contrario a las especulaciones iniciales, su hoja de ruta para el crecimiento de la Unión no sitúa a Groenlandia como la primera prioridad en la lista de estados.
El interés de la administración Trump no es fortuito. Groenlandia, un territorio autónomo bajo el Reino de Dinamarca, no es solo una masa de hielo; es una reserva estratégica de tierras raras, minerales críticos y recursos energéticos que son vitales para la transición tecnológica y la competencia frente a la hegemonía de China.
El argumento de seguridad nacional, basado en el control del Ártico y la vigilancia de las actividades de Rusia, sirve como el marco de una transacción que Trump visualiza como la compra de Luisiana o Alaska en el siglo XXI.
La inclusión de Venezuela en esta tríada de expansión subraya la importancia del sector energético. Al proponer al país caribeño como el estado número 53, Trump pone el foco en las mayores reservas de petróleo del mundo. Tras años de sanciones y una compleja crisis política bajo el mando de figuras como Nicolás Maduro y, más recientemente, el reconocimiento de liderazgos alternativos como Delcy Rodríguez en ciertos foros, Washington parece ver en Venezuela un activo económico subutilizado que podría garantizar la independencia energética total de Estados Unidos.
Mientras que en Ottawa y Copenhague las declaraciones han sido recibidas con un silencio gélido, los expertos de mercado observan con cautela. La posibilidad de una «anexión económica» o un aumento de la influencia a través de aranceles y presión militar plantea un escenario de alta volatilidad para el comercio exterior.
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