Los productores de arroz de Grecia, un eslabón fundamental en la cadena de suministro de cereales de la región, enfrentan un panorama sombrío que amenaza con desmantelar una industria histórica.
Lo que comenzó como una temporada de ajustes competitivos para este 2026, se ha transformado en una lucha por la supervivencia ante los avances en las negociaciones comerciales transatlánticas.
Originalmente, los agricultores helenos ya se habían preparado para una campaña fiscal y productiva sumamente compleja. La presión de los exportadores provenientes de fuera de la Unión Europea había comenzado a erosionar los márgenes de beneficio, obligando a los productores locales a optimizar costos en un entorno de alta inflación en los insumos agrícolas.
Sin embargo, el factor que ha dinamitado las proyecciones de rentabilidad es la inminente ratificación del controvertido acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur.
Este tratado, que busca eliminar barreras arancelarias con potencias agrarias como Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, es visto por el sector arrocero griego como una sentencia de muerte comercial.
La principal asimetría radica en los costos de producción y las regulaciones fitosanitarias; mientras que los productores griegos deben cumplir con los estrictos y costosos estándares de sostenibilidad de la UE, sus competidores sudamericanos operan con economías de escala masivas y normativas menos restrictivas, permitiéndoles inundar el mercado europeo con precios sensiblemente inferiores.
No se trata únicamente de una pérdida de cuota de mercado, sino de la inviabilidad financiera de mantener las explotaciones activas. La preocupación es compartida por analistas económicos que advierten sobre el riesgo de una «deslocalización agrícola», donde la dependencia de importaciones externas comprometa la soberanía alimentaria del bloque.
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