La dinámica entre Venezuela y Estados Unidos ha dado un giro inesperado y pragmático. La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, ha confirmado que recibió una invitación oficial para visitar Estados Unidos. Este anuncio no es un hecho aislado, sino que se produce de forma simultánea a la histórica presencia en la capital venezolana del secretario de Energía estadounidense, Chris Wright.
Este cruce de agendas marca el punto más alto de acercamiento entre ambas naciones en años, sugiriendo que la «realpolitik» energética está prevaleciendo sobre las profundas diferencias ideológicas que han caracterizado la relación bilateral.
La visita de Chris Wright a Caracas no es una simple cortesía diplomática. En un contexto de inestabilidad en Oriente Medio y una demanda global de hidrocarburos que no da tregua, Washington parece haber redimensionado la importancia de las reservas venezolanas para la seguridad energética de la región.
La invitación extendida a Rodríguez para viajar a suelo estadounidense refuerza la tesis de una negociación de alto nivel que va más allá de los alivios de sanciones puntuales. Este acercamiento representa un balón de oxígeno financiero y una validación de su gestión económica en un momento crítico.
La posibilidad de que la presidenta encargada pise Washington abre la puerta a reuniones con tenedores de bonos, organismos multilaterales y directivos de las principales petroleras del mundo, quienes observan con cautela pero con interés el desenlace de estas conversaciones.
Este deshielo podría traducirse en una reducción del riesgo país y en un incentivo para que gigantes como Chevron o Repsol amplíen sus operaciones en el país. Lo que es innegable es que el eje Caracas-Washington ha vuelto a activarse, y el combustible de esta nueva etapa es, sin duda, el petróleo.
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