El Gobierno de Japón ha desvelado una hoja de ruta que busca no solo recuperar el terreno perdido, sino redefinir el mapa global de la alta tecnología. Bajo la batuta de la primera ministra Sanae Takaichi.
Tokio ha establecido un objetivo audaz: quintuplicar las ventas de semiconductores producidos localmente para el año 2040. Esta estrategia de inversión en crecimiento no es un simple capricho nacionalista; es una respuesta directa al auge disruptivo de la Inteligencia Artificial y a la creciente fragilidad de las cadenas de suministro globales.
El gobierno ha fijado la meta en un volumen de ventas anuales de 253.600 millones de dólares para chips fabricados en suelo japonés, una cifra que situaría al archipiélago nuevamente en la vanguardia de la manufactura avanzada.
Mientras rivales como Taiwán, Corea del Sur y Estados Unidos aceleran sus propios subsidios, Japón debe enfrentarse a una escasez de ingenieros cualificados y a costes energéticos que podrían lastrar la competitividad de sus plantas.
El éxito de este plan determinará si Japón logra consolidarse como el «hub» tecnológico de Asia o si, por el contrario, queda relegado a ser un proveedor secundario en una industria que no perdona la falta de ritmo.
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