La economía mundial logrará superar un 3% de crecimiento del PIB real en 2026, ya que la fuerte inversión en IA compensa el impacto energético de la guerra en Oriente Medio, pero los riesgos a la baja están aumentando y cada vez más países se quedan atrás y son vulnerables a un aumento de la deuda, dijo el Fondo Monetario Internacional el martes.
La evaluación del organismo multilateral traza un panorama macroeconómico global caracterizado por fuerzas contrapuestas, donde la aceleración tecnológica y el despliegue de capital en infraestructura digital actúan como motores de contención frente a las tensiones geoeconómicas y el encarecimiento de los insumos energéticos.
A pesar del conflicto más prolongado que ha mantenido los precios del petróleo por encima de los 100 dólares el barril, el FMI prevé un crecimiento mundial del 3,1% para 2026, un ligero repunte respecto al 3,0% que pronosticó en julio.
La revisión al alza en una décima de punto porcentual refleja la capacidad de absorción de las economías avanzadas y de los principales centros tecnológicos, donde el aumento sustancial del gasto de capital en centros de datos, semiconductores y soluciones de automatización ha logrado amortiguar las presiones inflacionarias derivadas de las cotizaciones elevadas de los combustibles fósiles en los mercados internacionales.
La coexistencia de precios del crudo superiores a los tres dígitos con una expansión del producto interno bruto superior al 3% resalta una divergencia notable en la estructura productiva internacional. Mientras que las industrias de alta intensidad tecnológica e innovación digital experimentan un dinamismo sostenido que impulsa la productividad total de los factores, las actividades económicas fuertemente dependientes del consumo energético directo enfrentan costos operativos incrementales que erosionan sus márgenes de beneficio y ralentizan la inversión productiva tradicional.
Los bancos centrales y las instituciones financieras internacionales, la advertencia del organismo emisor sobre la acumulación de riesgos a la baja constituye un elemento central en la planificación de la política económica. El mantenimiento prolongado de tasas de interés relativamente elevadas para contener las presiones inflacionarias importadas por vía energética se combina con el incremento de las obligaciones de pago de la deuda soberana, reduciendo el margen fiscal de los gobiernos para implementar políticas contracíclicas o financiar inversiones de desarrollo social e infraestructura básica.
La combinación de un petróleo caro, costos de endeudamiento externo elevados y un acceso restringido a las tecnologías de frontera acentúa la vulnerabilidad fiscal de múltiples naciones de bajos ingresos. Esta situación limita su capacidad para hacer frente al servicio de la deuda externa en divisas, aumentando el riesgo de reestructuraciones de pasivos y tensiones en sus balanzas de pagos.
La dinámica del comercio internacional continúa registrando el impacto de la reconfiguración de las cadenas de suministro y de las primas de riesgo asociadas a la logística marítima en zonas de conflicto. El encarecimiento de los fletes comerciales y de los seguros de transporte marítimo añade presiones inflacionarias secundarias sobre las mercancías, influyendo en los balances corrientes de las naciones importadoras netas de energía y bienes de consumo.

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