El mercado de divisas ha sido testigo de una pulseada de alta intensidad entre los fundamentos macroeconómicos y la voluntad política. Según un reciente informe de Bank of America, el Ministerio de Finanzas de Japón no se quedó de brazos cruzados ante la debilidad extrema de su moneda.
Este despliegue de artillería financiera ocurre en un momento crítico para la economía japonesa. La Semana Dorada, un bloque de días feriados que suele caracterizarse por una menor liquidez en los mercados locales, fue el escenario elegido para lo que los operadores denominan «intervenciones furtivas».
A pesar de estas intervenciones, que se estiman en miles de millones de dólares, el desafío para Japón sigue siendo estructural. Mientras la Reserva Federal de EE. UU. mantenga tasas de interés elevadas y el Banco de Japón se resista a un endurecimiento monetario agresivo, el diferencial de tasas seguirá presionando al yen.
Como advierte Bank of America, la efectividad de quemar reservas internacionales es limitada si no se alinea con un cambio de tendencia en los tipos de interés globales. Por ahora, Tokio ha dejado claro que está dispuesto a intervenir las veces que sea necesario para defender la estabilidad de su moneda nacional.
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